jueves, 25 de octubre de 2018

FITO, LOS FITIPALDIS Y EL FLIPAO (que soy yo)


Un día suena una canción de Fito y los Fitipaldis y de repente "click", algo se enciende dentro de ti. Son sólo unos cuatro minutos de música pero te sientes especialmente motivado. Es la misma canción que meses y años atrás no te decía absolutamente nada pero que ahora sin saber por qué, como por arte de magia, parece que tu vida girase sobre ella... y la escuchas una y otra vez.
Es curioso, porque ya no te apetece tanto oír las otras canciones que durante mucho tiempo antes te han bombardeado los tímpanos. Te siguen gustando, sí, pero es que ahora sólo quieres que suene esa canción de Fito y los Fitipaldis...
Pulsas el play y suena.

Siempre he pensado que la música tiene un efecto especial que va ligado a cada estado de ánimo y que cuando ambos se combinan a la perfección surge una atracción difícil de controlar... hasta que un día, sin saber el motivo, suena el último bis de esa canción y ya deja de ser tan especial. Luego llegará otra nueva o volverán a sonar otra vez aquellas que te bombardeaban tiempo atrás. Quien sabe.

¡Hay tantas canciones!
These songs of freedom, Barbie superstar, Bohemian Rhapsody, Run to the hills, Lau teilatu, Master of puppets, Tunnel of love, The one i love, El loco de la calle, Runaway,  Where the streets have no name, Smells like teen spirit, Zombie, You shook me all night long... 


                              ... correr dando vueltas de 400 metros creyendo morir a cada zancada, correr por encima de las nubes, correr bajo la lluvia, correr para que tu conciencia te deje en paz, correr porque quieres bajar de tanto en la carrera de dentro de no sé cuantas semanas, correr para perseguir sueños o para escapar de pesadillas, correr para tratar de reventar tus mejores marcas, correr hasta darte la vuelta y ver tu ciudad allí a lo lejos, correr para acompañar a alguien en sus primeros días....
¡Hay tantas formas de correr!

Siempre he pensado que correr tiene un efecto especial que va ligado a cada estado de ánimo y que cuando ambos se combinan a la perfección surge una atracción difícil de controlar... hasta que un día, sin saber el motivo, se da la última zancada de esa forma de correr y ya deja de ser tan especial. Luego llegará otra nueva, o se volverá a correr otra vez de aquellas formas que te bombardeaban tiempo atrás. Quien sabe.

Un día te atas las zapatillas de madrugada para salir a correr sin crono y de repente "click" algo se enciende dentro de ti. Son sólo unos 45 minutos de trote pero te sientes especialmente motivado. Es la misma forma de correr que meses y años atrás no te decía absolutamente nada pero que ahora sin saber por qué, como por arte de magia parece que tu vida girase sobre ella... y sales a correr así una y otra vez.

Es curioso, porque ya no te apetece tanto las otras formas de correr que durante mucho tiempo antes te han bombardeado las piernas. Te siguen gustando, sí, pero es que ahora sólo quieres correr sin crono...
Te atas las zapatillas y corres.



 "... me lleva a la luna y me ofrece la droga que todo lo cura.
Dependencia bendita, invisible cadena que me ata a la vida..."
               
                    

                                                                                    @otrolocokcorre

jueves, 23 de noviembre de 2017

7305 DÍAS


El próximo día 31 de diciembre se cumplirán 7305 días desde que me puse un dorsal corriendo por primera vez. Fue en la San Silvestre donostiarra del 97, dorsal 508, y según atestigua un apunte a bolígrafo en una de sus esquinas, invertí 38 minutos y 50 segundos para correr sus 7.800 metros.
Mi primera carrera.

Es uno de los pocos recuerdos que conservo de aquel día. Supongo que en su momento le di mucho valor a ese dorsal, lo guardé, y tal vez eso mismo haya hecho que sobreviviese debajo del cristal de un viejo escritorio en casa de mis padres. Desde hace tiempo, sin embargo, ya se ha convertido en un pequeño tesoro del que me traigo una mirada siempre que aparezco por allí de visita.

Lo que sí recuerdo perfectamente es lo que vino después de aquella San Silvestre: la primera Behobia y el primer triatlón de Donosti. Ambos sirvieron como un bálsamo para aliviar el orgullo, herido de muerte, después de ver como medio bar se descojonaba meses atrás cuando cigarro y cerveza en mano, espeté a los cuatro vientos que iban a ser mis próximos objetivos deportivos.
En realidad, ahora que lo pienso, fue una descaradísima provocación a la mofa de los allí presentes, más aun teniendo en cuenta de que por aquel entonces apenas sabía nadar... Pero esa es otra historia. Tal vez algún día la cuente.

Y es que 7305 días dan para mucho. No solamente para seguir llenando un escritorio de dorsales y contar bonitas historias que parecían imposibles, sino también para colgar las zapatillas durante meses, para maldecirlas, o incluso para no volver a correr ninguna carrera durante muchos años. De todo se aprende, y a veces lo malo da mucho más valor a lo bueno que está por llegar.

No quiero aburrir a nadie con lo mucho que me ha aportado correr y no correr a lo largo de todo este tiempo, que, creedme, lo podría hacer (me refiero a lo de aburrir). Que yo sepa nunca se escribieron las normas de cómo había que mover las piernas, y yo soy de los que piensan que cada uno tiene barra libre para hacerlo como más le plazca. Correr no es lo que es, es lo que se siente que es... y ese es el mejor premio que se va a conseguir con dos zapatillas. Que cada uno vaya a buscar el suyo a su manera.

Si a alguno le ha dado por hacer números, habrá calculado que esos 7305 días son exactamente 20 años.
Prefiero contarlos así, por días, porque cada uno que paso estando en pantalón corto y zapatillas, ya es un motivo para celebrarlo. A día de hoy ese es mi mejor premio.
Poder seguir corriendo.
Y cada día cuenta.

7305 días.


                                                                                                                  @otrolocokcorre