jueves, 23 de noviembre de 2017

7305 DÍAS


El próximo día 31 de diciembre se cumplirán 7305 días desde que me puse un dorsal corriendo por primera vez. Fue en la San Silvestre donostiarra del 97, dorsal 508, y según atestigua un apunte a bolígrafo en una de sus esquinas, invertí 38 minutos y 50 segundos para correr sus 7.800 metros.
Mi primera carrera.

Es uno de los pocos recuerdos que conservo de aquel día. Supongo que en su momento le di mucho valor a ese dorsal, lo guardé, y tal vez eso mismo haya hecho que sobreviviese debajo del cristal de un viejo escritorio en casa de mis padres. Desde hace tiempo, sin embargo, ya se ha convertido en un pequeño tesoro del que me traigo una mirada siempre que aparezco por allí de visita.

Lo que sí recuerdo perfectamente es lo que vino después de aquella San Silvestre: la primera Behobia y el primer triatlón de Donosti. Ambos sirvieron como un bálsamo para aliviar el orgullo, herido de muerte, después de ver como medio bar se descojonaba meses atrás cuando cigarro y cerveza en mano, espeté a los cuatro vientos que iban a ser mis próximos objetivos deportivos.
En realidad, ahora que lo pienso, fue una descaradísima provocación a la mofa de los allí presentes, más aun teniendo en cuenta de que por aquel entonces apenas sabía nadar... Pero esa es otra historia. Tal vez algún día la cuente.

Y es que 7305 días dan para mucho. No solamente para seguir llenando un escritorio de dorsales y contar bonitas historias que parecían imposibles, sino también para colgar las zapatillas durante meses, para maldecirlas, o incluso para no volver a correr ninguna carrera durante muchos años. De todo se aprende, y a veces lo malo da mucho más valor a lo bueno que está por llegar.

No quiero aburrir a nadie con lo mucho que me ha aportado correr y no correr a lo largo de todo este tiempo, que, creedme, lo podría hacer (me refiero a lo de aburrir). Que yo sepa nunca se escribieron las normas de cómo había que mover las piernas, y yo soy de los que piensan que cada uno tiene barra libre para hacerlo como más le plazca. Correr no es lo que es, es lo que se siente que es... y ese es el mejor premio que se va a conseguir con dos zapatillas. Que cada uno vaya a buscar el suyo a su manera.

Si a alguno le ha dado por hacer números, habrá calculado que esos 7305 días son exactamente 20 años.
Prefiero contarlos así, por días, porque cada uno que paso estando en pantalón corto y zapatillas, ya es un motivo para celebrarlo. A día de hoy ese es mi mejor premio.
Poder seguir corriendo.
Y cada día cuenta.

7305 días.


                                                                                                                  @otrolocokcorre




domingo, 12 de noviembre de 2017

EL KILÓMETRO 21 DE LA BEHOBIA


Unos minutos después de que suene el despertador el 12 de noviembre de 2017...

El desayuno de cereales entre mensajes de ánimo que llegan al teléfono móvil nada más encenderlo.
El ritual de vestirse con todo lo minuciosamente preparado la noche anterior sobre la mesa de la cocina.
Salir de casa e ir viendo cómo desde otros portales también van saliendo más pantalones cortos camino del tren.
Las conversaciones, risas y anécdotas en un vagón abarrotado de corredores.
La cara de asombro de una mujer cuando desde el andén ve abrirse las puertas del tren y salir de su interior una marabunta multicolor.
El paseo por las vacías calles de Irun viendo como va cogiendo forma el avituallamiento del kilómetro dos.
El "a ver cómo vas vestido" y el "a ver si te veo cuando pases" de conocidos camino de Behobia.
El café en el bar de siempre y las cuatro o cinco preguntas de los allí presentes al deducir que iba a correr esa carrera en la que "más de 30000 personas pone el periódico que van a correr, oye".
Los primeros trotes por Behobia, los saludos con conocidos, los intercambios de emociones y las fotografías de recuerdo.
El pequeño museo de camisetas de carreras sobre dos piernas que calientan y estiran por Behobia.
Pasar de cero a mil en hiru, bi, bat...

Las calles desiertas de Irun en las que ahora ya no cabe ni un alfiler.
Los primeros que graban tu paso corriendo y lo wasapean con el resto de la familia y amigos.
El policía local que anima como uno más.
Los decibelios del puesto de animación subiendo Gaintxurizketa que entran por los oidos y empujan por la espalda.
El campamento amarillo en lo más alto de la subida y todos los socorristas que mientras aplauden y animan, buscan cualquier signo de debilidad entre los corredores. 
La mano cornuda al cielo y el primer conato de pelos de punta al paso por la zona más pirata y heavy de la carrera.
El retumbar y el eco de los aplausos al paso por el interior de un pequeño túnel en el que el público se resguardaba de la lluvia "Pero... ¿cómo hostias han llegado aquí?"
Los acordes del concierto en el kiosko de Errenteria, mezclándose con los gritos y aplausos de los que blindan sus calles.
Las conversaciones que ponen de sobreaviso que faltan 800, 600, 400, 350... 50 metros para que comience el Mortirolo de Capuchinos.
Los que esperan tu llegada y en ese instante, antes o después, están dalequetepego con el Runloc, "mira, ya ha pasado por el kilómetro tal o cual".
El subidón de ver Donosti de lejos.
Los desgarradores gritos de ánimo que salen del megáfono de Félix en el kilómetro 17, y en especial ese "qué grandes sois, joder" al pasar corriendo por allí vistiendo la camiseta de Reto Dravet... Que quede claro: Grandes sois vosotros.
¡Aupa Markel txapeldun!


Fotografía de RetoDravet

La carne de gallina durante cientos de metros.
El paseo triunfal desde Arzak al Boulevard, olvidándose del crono y de los ritmos para disfrutar del mejor premio que puede dar una carrera. Eso es la Behobia.
Girarse para ver quien te ha saludado en la Avenida de Navarra, en la Zurriola, en el Boulevard... ¡Estás en casa, joder!
Los dos lances de las manos al cielo por los que no están pero están. Va por vosotros.

Ver a Angel como voluntario poniendo medallas a los corredores desde su silla de ruedas.
Deambular de un lado a otro como si no fuese capaz de mantener el equilibrio de la medalla que se balancea colgada del cuello.
La cara de gilipollas que debo de tener.
Juntarse con amigos y familia tras la línea de meta y empezar a responder una retahíla de preguntas entre risa y risa.
Saludos y choques de palmas con los primeros conocidos con los que uno se va cruzando.
Llegar a casa y recibir el trofeo de un dibujo del aita subido en un podio... "Me ha encantado, pero... ¿por qué no me habéis puesto pelo?"
Encender el móvil, seguir leyendo mensajes y empezar a decir a todos que ya he llegado y que todo bien.
El "¿Qué tal?" de amigos, conocidos y vecinos con los que me cruzo por la tarde.
Las primeras fotos que van llegando al móvil y que ponen imagen a las emociones que se llevaba en ese momento.
La felicidad y satisfacción que se ponen el pijama y se acuestan contigo...

El día después.
Los muchos días antes.

Esta entrada va para aquellos que dicen que la Behobia son sólo 20 kilómetros.
Sumadle uno más.
El que no solo se corre.



                                                                 @otrolocokcorre